SOLEDAD:  TU  PROPIA  NATURALEZA

La soledad es una flor, un loto abriéndose en tu corazón…es positiva, es salud. Es el goce de ser tú mismo. Es la alegría de tener tu propio espacio.

Meditación significa: éxtasis de estar solo. Uno está realmente vivo cuando llegó a ser capaz de estar en soledad, cuando ya no depende más de nadie, ni de ninguna situación ni condición y como la soledad es nuestra, puede quedarse mañana, tarde, día o noche; en la juventud o en la vejez; cuando estamos sanos o enfermos; en la vida y en la muerte también puede estar presente porque no es algo que te pasa desde afuera, es algo que emana de ti, es tu verdadera naturaleza, tu propia naturaleza…

 

Un viaje a nuestro interior es un viaje hacia la soledad absoluta; ahí no puedes llevarte a nadie con vos; no puedes compartir tu centro con nadie, ni siquiera con tu pareja…no es parte de su naturaleza y no hay nada que hacerle. Desde  el momento que entras en tu interior, se rompen todas las conexiones con el mundo externo, se rompen todos los puentes. En realidad, desaparece el mundo entero…

Por eso los místicos llamaban al mundo “maya”, ilusorio… no es que no exista, pero para el meditador, el que va hacia adentro, es casi como si el mundo no existiera. El silencio es tan profundo que ningún ruido lo penetra; la soledad es tan profunda que se necesitan agallas. Pero de esa soledad explosiona el éxtasis…de esa soledad -la experiencia de Dios…no hay otra forma; nunca la hubo y nunca la va a haber. Celebra la soledad, festeja tu espacio puro y va a surgir una gran melodía de tu corazón…y va a ser una canción de conciencia, va a ser una canción de meditación…va a ser el cantar de un pájaro solitario llamando a la distancia -no llamando a alguien en particular, sino simplemente llamando, porque su corazón está lleno y quiere llamar, porque la nube está llena y quiere llover, porque la flor está colmada, se abren sus pétalos y se libera su fragancia sin estar dirigida a nadie…Deja  que tu soledad se transforme en una danza…

 VISUALIZACIÓN

Somos seres fantasiosos que vivimos a través de nuestros pensamientos, esperanzas y temores. El mundo que vemos refleja completamente estos dramas interiores Hay dos escuelas de visualización bien diferentes. En una, «hacemos» aparecer la imagen y en la otra, «dejamos» que la imagen aparezca. A veces se le llama visualización programada y visualización espontánea.

La respiración y el mantra son prácticas precisas, pero la visualización puede ser muy idiosincrásica, especialmente cuando se trabaja con imágenes que surgen libremente. Las prácticas del budismo tibetano. Mi formación implicó literalmente decenas de miles de prostraciones, mantras y visualizaciones acompañantes, lo que para nada se acercaba a lo que yo consideraba como meditación. Siempre me habían fascinado los sueños y ahora descubría que una parte de la mente siempre está soñando, día y noche, incluso mientras desayuno, hablo por teléfono o trabajo en mi ordenador. Un sueño es como un mensaje de nuestros dioses interiores que nos informan sobre lo que verdaderamente está pasando en la psique. Generalmente nos indica qué es lo que está en desequilibrio y no hace falta dormirse para hacer el ajuste necesario. He aquí un par de ejemplos de meditaciones curativas sencillas.

 

1. Bolas de luz. Imagine una hermosa pelota de luz (blanca, dorada, azul) encima de su cabeza. ¿Ya está? Ahora una igual debajo de los pies… a la izquierda… a la derecha… delante… detrás. Imagine a todas estas luces fundiéndose en una sola y envolviéndolo en una suave luz protectora. La luz penetra en su cuerpo como los rayos del sol. Siga sintiéndola alrededor suyo a medida que transcurre el día.

 

2. Luz de diamante. Este ejercicio es similar. Imagine una luz de un blanco perlado o transparente como el cristal que sale del espacio y toca la parte superior de su cabeza. Puede imaginar que es una luz o una fuente de agua burbujeante que le pasa por todo el cuerpo, barriendo la oscuridad y el dolor. Dirija la luz hacia donde la necesite. Finalmente, deje que la luz se aposente en su corazón y que irradie a través de todas las células de su cuerpo, extendiéndose al espacio personal que lo rodea.

 

La visualización puede ser muy sencilla (un punto de luz blanca en el espacio, por ejemplo) o más compleja. Con independencia de sus inclinaciones, al principio es conveniente comenzar a practicar sobre cosas sencillas, como por ejemplo:

•  Los colores del arco iris

•  Los cuatro elementos (aire, tierra, agua, fuego)

•  Objetos de los cinco sentidos

•  Diferentes formas de vida, desde los virus para arriba.

• Recordar los detalles sensoriales del día: colores, olores, sabores, sensaciones táctiles, sonidos y las emociones que rodean a cada uno de ellos.

 

La más sencilla es visualizar un color.

 

La psicología budista dice que hay 89 posibles estados mentales diferentes dentro de cada uno de nosotros, pero seamos más sencillos y digamos que hay al menos dos, que se parecen a beta y alfa. Tenemos una mente pasiva (alfa) que siente y observa y una mente activa (beta) que responde a esa percepción.

Hay una metáfora india que decribe estos dos tipos de mente. Dice que cada uno de nosotros es como dos pájaros en un árbol. Uno se come la fruta (la mente que actúa y disfruta de la vida) y el otro observa al primero (y comprende lo que está pasando), como ya se dijo. El pájaro que observa siempre está sereno; al fin y al cabo, no tiene que hacer nada. También es inteligente y lo ve todo con claridad. La mente que actúa, muchas veces lo hace a ciegas. La mente observadora a veces se conoce como testigo u observador y es nuestro mejor aliado en la meditación. Sorprendentemente, ambas mentes pueden estar presentes a la vez. Podemos reaccionar y también «simplemente mirar» nuestra reacción. La tranquilidad no se consigue cambiando el mundo, sino dejando que los momentos de dolor emocional mueran de muerte natural. Son como una lluvia de chispas que salen del fuego; la mayoría se extingue enseguida, a no ser que caigan sobre algo explosivo. El arte de la meditación es observar fríamente cualquier cosa que aparezca en conciencia. Con la práctica, aprenderemos a hacernos a un lado y observar la interminable corriente de pensamientos, sensaciones y sentimientos que pasa por dentro nuestro sin sentirnos implicados. Si logramos dejar que todo fluya, nada se nos quedará en la mente a no ser que nosotros queramos, y nada será una amenaza o una tentación. Puede haber serenidad en medio del caos. Thich Nhat Hanh, el maestro Zen contemporáneo, describe este estado como estar en el lotus en el mar de fuego.

Poner o asignar nombres es una meditación que da conocimiento o conciencia de uno mismo. Ayuda a que veamos

Vaciar la mente Esta meditación es similar a la anterior. Cuando «asignamos nombres» nos concentramos en la respiración o la distracción. Cuando «vaciamos la mente» no nos concentramos en nada, excepto el proceso de dejarse ir. «Asignar nombres» es bueno cuando la mente está plagada de distracciones; «vaciar la mente» es una práctica avanzada a realizar cuando la mente se encuentra especialmente fuerte y clara. Puede comenzar haciendo una práctica de meditación cualquiera. Cuando su mente esté tan clara que nada la distraiga, deje el objeto de lado y permita que la mente se abra y sea como un espejo. Disfrute del espacio y permita que cualquier cosa pase por él: emoción, pensamiento, sensación, memoria. No demuestre interés por nada, pero esté atento a la más mínima atracción o aversión. Decir la afirmación «dejarlo ir» mientras respira, para centrarse, le puede servir de ayuda. Mire a cada pensamiento, emoción y sensación de igual manera, sin preferencias: un tic en la oreja, un recuerdo de infancia, un sentimiento de pena, el ruido del tránsito, un pensamiento sobre mañana, una gran revelación. Si aparecen muchos fenómenos similares (una cadena de recuerdos, por ejemplo, o puras sensaciones físicas), es que está seleccionando inconscientemente. Realmente está desconectado si lo que aparece es diverso y pasa en un instante. Si sospecha que está perdido, entonces es que lo está. Pare inmediatamente y reestablezca la concentración en un objeto. No vaya de un lado a otro. Ajústese a los espacios entre pensamientos y sienta la conciencia detrás de los contenidos de su mente. Cuando acabe esta práctica, su mente se sentirá imperturbable, espaciosa y tranquila.