Para desarrollar una conciencia más elevada, es importante mantener siempre limpios y aseados el ambiente y la ropa. El Bhagavad-gita dice, “La austeridad del cuerpo consiste en esto: el respeto al Señor Supremo, los brahmanas, el maestro espiritual y los superiores tales como el padre y la madre. La limpieza, la sencillez, el celibato y la no violencia son también austeridades del cuerpo”. (Capítulo 17, texto 14).

El Fundador del Budismo fue el Príncipe Siddartha Gautama de Kapilavastu, ciudad situada a unas cien millas del nordeste de Benarés en la India, a cuarenta millas de los picos inferiores de las montañas de los Himalayas. Era hijo de Suddhodana, el rey de los Sakyas, siendo su esposa la Reina Maya. Nació en el año 623 A. de C., y su nacimiento está rodeado de encantadoras leyendas, del mismo modo que lo están los nacimientos de todos los demás grandes instructores.
Se dice que decidió que el Príncipe no debía conocer nada de cuanto se refiere a la decrepitud y a la muerte, y que ordenó que se le colocara en medio de las diversiones y placeres temporales, así como que se le enseñase a dedicarse a fomentar la gloria y el poder de la real casa. El Príncipe habitaba un soberbio palacio rodeado por millas de magníficos jardines en el cual estaba realmente prisionero, aun cuando lo ignoraba. Estaba rodeado de cuanto podía contribuir a sus placeres bajo todos los aspectos: sólo se permitía que se le acercase lo joven y lo bello; cuantos estaban enfermos o sufrían de algún modo eran cuidadosamente apartados de su vista. Así pasó, al parecer, sus primeros años, confinado en este extraño, y, sin embargo, delicioso mundo. El muchacho creció hasta que llegó a la edad viril, y entonces fue desposado por Yasodhara, la hija del Rey Suprabuddha. Se creyó, al parecer, que este nuevo estado absorbería por completo la atención y la vida del Príncipe, y, sin embargo, está escrito que durante todo este tiempo surgían a intervalos en su mente recuerdos de otras vidas, y un confuso presentimiento de un gran deber no cumplido turbaba su reposo. Sin embargo, cuando fue llegado el momento, se casó y tuvo un hijo, Rahula. Pronto después de este suceso principió a aumentar su pena y disgusto, y parece ser que insistió en pasar al mundo exterior a fin de ver algo de la vida de los demás. Escrito está que de este modo se puso en contacto por vez primera con la decrepitud, con la enfermedad y con la muerte, y profundamente afectado a la vista de tales miserias tan comunes entre nosotros, aunque completamente nuevas y desconocidas para él, sintió una gran tristeza al contemplar el triste destino de sus semejantes. Viendo, además, cierto día a un santo ermitaño, se impresionó vivamente a la vista de su sereno y majestuoso aspecto, y comprendió que en este mundo había a lo menos uno que estaba por encima de los por otra parte generales males de la vida. Desde este momento su resolución de vivir la vida espiritual se hizo más y más firme, hasta que al fin llegó el instante en que, a la edad de veintinueve años, abandonó definitivamente su rango de príncipe, dejando todas sus riquezas en manos de su esposa e hijo, y se retiró a la selva para dedicarse a la vida ascética.

Es fútil distinguir entre lo que perece y lo que No-perece;
Es fútil distinguir entre lo creado y lo Increado.
Si sólo hay el Uno ilimitado, todo es Shiva;
Entonces ¿qué es el Imperecedero, y lo que no lo es?

Como es muy natural, Gautama pertenecía, como su padre y todos los demás habitantes de la India, a la gran religión Hindú, y por lo tanto, se dirigió a los principales ascetas Brahmanes con el objeto de adquirir las instrucciones y los consejos que necesitaba en su nueva vida. Pasó un período de seis años entre estos instructores, con el objeto de aprender de ellos la verdadera solución del problema de la vida, y a fin de hallar un remedio a las miserias del mundo, sin poder encontrar cumplidamente lo que buscaba. La enseñanza de estos instructores parece haber sido siempre que sólo por medio del más rígido ascetismo, e imponiéndose las más duras privaciones, puede uno esperar escapar a las penas y sufrimientos que son la herencia de todos los hombres, y por lo tanto, Gautama ensayaba uno tras otros todos los sistemas hasta en sus más minuciosos detalles, aunque siempre con un ardiente deseo no satisfecho de encontrar algo más real y positivo. El riguroso y persistente ascetismo a que se entregó, quebrantó al fin su salud, y se cuenta que un día estuvo a punto de morir extenuado de hambre. Después que se hubo restablecido, comprendió que, si bien para hallar lo que buscaba podía el ascetismo ser un método bueno para ser practicado “fuera” del mundo, no era, sin embargo, este método el más apropiado para llevar la luz “al” mundo, y en consecuencia pensó que para ayudar a sus semejantes, debía cuando menos vivir el tiempo necesario para encontrar la verdad que les podía hacer libres. Parece ser que desde los primeros momentos observó la más altruista conducta. Aunque poseía todo cuanto podía hacer la vida feliz y apetecible, sin embargo, las mudas penalidades y miserias de tantos millones de infelices repercutían sobre él de una manera tan vívida, que mientras vivió, jamás le fue posible conocer la felicidad. No era para sí, sino para los demás, que deseaba hallar un medio para escapar a las miserias de la vida física. No era para sí, sino para los demás, que sentía la necesidad de una vida elevada que pudiese ser vivida por todos.

Viendo, pues, que todas las prácticas ascéticas eran ineficaces, las abandonó, dedicándose desde aquél momento a educar su mente en el ejercicio de la más elevada meditación. Colocóse inmediatamente debajo del árbol Bodhi, resuelto a obtener por el poder de su propio espíritu el conocimiento que buscaba. Sentado allí en profunda meditación, examina todas estas cosas, estudia profundamente en el corazón y causa de la vida, y se esfuerza en llevar su conciencia hasta un elevado nivel. Al fin, por medio de un poderoso esfuerzo, obtuvo lo que deseaba, y entonces vio desarrollarse ante sí el maravilloso esquema de la evolución, y el verdadero destino del hombre. Así se convirtió en Buda, el iluminado, disponiéndose entonces a compartir con sus semejantes el maravilloso conocimiento que había obtenido. Salió a predicar sus nuevas doctrinas, principiando con un sermón que todavía se conserva en los libros sagrados de sus discípulos. En la lengua de sus discípulos, el pâli (que para ellos es todavía la lengua sagrada, como lo es el latín para la Iglesia Católica), este primer sermón es conocido con el nombre de Dhammachakkappvattana Sutta, el cual ha sido traducido como significando “Poner en movimiento las ruedas del carro real del Reino de la Justicia”.

Para decirlo en breves palabras, el Buda presentaba ante sus oyentes lo que él llamaba “El Sendero Medio”. Sostenía que el “sendero medio” de la verdad, y del deber, era el mejor y más seguro, y que si bien la vida consagrada exclusivamente a la espiritualidad, podía ser vivida por aquellos que estaban suficientemente preparados para ella, había, sin embargo, también una perfecta y verdadera vida espiritual posible para el hombre que todavía tenía su sitio y desempeñaba su misión en el mundo. Basaba su doctrina de una manera absoluta, sobre la razón y el sentido común. No pedía a nadie que creyese ciegamente, sino que, por el contrario, decía a todos que abriesen los ojos y mirasen en torno de sí. Declaraba que, a pesar de todas las miserias y sufrimientos del mundo, el gran esquema del cual el hombre forma parte, es un esquema de justicia eterna, y que la ley bajo la cual vivimos es una ley misericordiosa que sólo necesita que la comprendamos y que adaptemos nuestra conducta a la misma. Declaraba que el hombre mismo es la causa de sus sufrimientos, debido a que se deja dominar por el deseo, yendo constantemente tras aquello que es objeto de sus ansias, y que la felicidad y la satisfacción se pueden obtener más fácilmente limitando y restringiendo los deseos, que por medio del aumento de los honores y riquezas. Enseñó este “sendero medio”, por toda la India, con el más sorprendente éxito, durante un período de cuarenta y cinco años, y al fin murió, a los ochenta de su edad, en la ciudad de Kusinagara, el año 543 A. de C.

Siddharta Gauta­ma, el Buda, fundador del budismo, dijo una vez:  

Esta existencia nuestra es tan transitoria como las nubes del otoño. Observar el nacimiento y la muerte de los seres es como mirar los movimientos de una danza. Una vida es como un relámpago en el cielo, que se desliza veloz como un torrente por la pendiente de una montaña. Nos hemos detenido momentáneamente para encontrarnos unos a otros, para conocernos, amar­nos y compartir. Este es un momento precioso, pero transitorio. Es un pequeño paréntesis en la eternidad. Si compartimos con cariño, alegría y amor, crearemos abundancia y alegría para todos. Y entonces este momento habrá valido la pena.

“Tu peor enemigo no te puede dañar tanto como tus
propios pensamientos”
Ni tu padre, ni tu madre, ni tu
amigo mas querido, te pueden ayudar tanto como tu
propia mente disciplinada”
Palabras del buda”

Los diez mandamientos del Buda.

1- No matar, es decir ser inofensivo en todo y con todos.

2- No robar.

3- No cometer adulterio.

4- No mentir.

5- No beber bebidas alcohólicas y vivir una vida sencilla, ya que la sencillez es signo de sabiduría, mientras que la complicación lo es de ignorancia.

6- Comer en los momentos establecidos.

7- No adornarse.

8- Practicar la humildad.

9- No participar en diversiones mundanas.

10- No tener ni aceptar posesiones.

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Para Buda la ignorancia es la causa de toda la miseria del mundo y solamente el conocimiento de sí mismo y de la relación de uno con el Gran Plan, puede combatir esta ignorancia. Para él existen dos caminos, uno para el ignorante, obligado a girar ligado a la Rueda de la Vida y de la Muerte en su sentido más estrecho; y el otro para el sabio que, por el conocimiento de sí mismo y el autodominio podría liberarse de las brasas a las que el ignorante se adhiere en agonía, y así podría hallar el Sendero del Medio.

Siddharta Gautama vivió en la India 600 a.c. Fue el príncipe heredero del clan de los Shakyas. De pequeño a su padre le informaron de que su hijo sería alguien muy especial. Éste temiendo que su hijo huyese de su reino lo confinó en un palacio donde no pudo conocer nada desagradable. Un día, cuando ya casado, logró escapar y visitó por vez primera el mundo y su cruda realidad. Conoció la enfermedad, la vejez y la muerte. Esto causó tal conmoción en el corazón del joven Siddharta, que decidió abandonarlo todo para descubrir cual es la causa que hace sufrir a los hombres. Durante años siguió a todos los maestros que encontró, pero con ninguno alcanzó lo que él deseaba. Con 35 años se puso debajo de un árbol, y cuenta la leyenda, que mientras meditaba los animales y las plantas le protegían para que no tuviese calor. Bajo el árbol se convirtió en Buda, el iluminado, y a partir de entonces se dedicó a difundir sus enseñanzas.

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3062624-F-A-Matsuyama-How-To-Use-The-Yawara-Stick1948-68-inches-length chopra, deepak – el libro de los secretos EL GRAN SHOBOGENZO. Budismo Zen Japonés. extre hesse_el_lobo_estepario_filosofia PensChiTextos sans sans (1) Siddharta tagore