separoelmundo

La educación no es una cuestión de ver siempre cosas nuevas;
educación significa ver las mismas cosas en una nueva luz.
Desconocido

. Las fabricaciones humanas complicadas como el esperanto no son necesarias; los gestos son suficientes. Uno se hará comprender en Alemania o en Francia y nada le faltará. Esa es la “transmisión especial fuera de la enseñanza, fuera de la letra y de las palabras”, de los monjes zen.

La educación Zen es fuerte y profunda a la vez. Si la educación actual solo va dirigida, de hecho, a una parte pequeña del cerebro, y olvida un potencial, prácticamente inexplorado, la enseñanza Zen se dirige no solamente al cerebro frontal y al sistema nervioso central, sede de las aptitudes mentales, sino también al psiquismo subconsciente. Fortalece así el espíritu y el cuerpo, lo psíquico y lo orgánico, dicho de otra manera, al ser en su totalidad.

Nuestra memoria posee dos tipos de funcionamientos: por una parte está la memoria pre-frontal, intelectual, y por otra parte la memoria orgánica, la del cuerpo, que se imprime directamente a través de una modificación química en las neuronas situadas en la base del cerebro. Esta memoria es la que constituye el subconsciente. Si practicamos Zazen, influenciamos fuertemente nuestro hipotálamo y nuestro tálamo. El cerebro pre-frontal y el cerebro frontal se tranquilizan. Por el contrario, el hipotálamo y el tálamo entran en actividad. Los circuitos del cerebro se mejoran. Esta actividad química del tálamo y del hipotálamo es extremadamente importante, ya que la intuición se desarrolla gracias a ella.

En el Zen, el trabajo manual es de una gran importancia, ya que la agilidad de los dedos estimula la del cerebro profundo. La actividad manual y la actividad intelectual son rigurosamente complementarias. Ambas deben ser practicadas para el equilibrio de nuestra totalidad. El Zen rehabilita este trabajo manual, necesario para la perfecta realización de nuestro ser.

“Diez mil ri a través del océano.” Yo estoy en Kyushu y vosotros en Hokuriku; no son diez mil ri, pero aún así nuestras cejas están en estrecho contacto. Este contacto estrecho entre vuestras cejas y mis cejas es la transmisión de la persona.

Vista bajo esta perspectiva la poesía es muy interesante. Las cosas que la prosa no puede expresar aparecen con una belleza exquisita gracias al efecto poético. Esto también es la transmisión de la persona.

Es la “transmisión del espíritu”, una transmisión especial “más allá de la enseñanza”, y “fuera de las letras y de las palabras.” En este caso, poco importa la cantidad de palabras escritas o pronunciadas, nada se dice; se habla en silencio. Esto no tiene pues nada que ver con la traducción literal o libre de algo; esta expresión abierta de la persona se muestra a través de la armonía de la poesía. Digo a menudo que el sermón de un monje debe ser parecido al lenguaje de un sordomudo. Utilizar palabras persuasivas como en las situaciones ordinarias no produce en absoluto un buen efecto. Aprender de memoria antiguos sermones y recitarlos con voz seductora no suena bien en absoluto. Para hacer que pase algo verdaderamente, es necesario que salga espontáneamente, la torpeza no estorba.

 

 

La concien­cia no puede, pues, conocer los objetos más que por las diferencias y cuando estas desaparecen, la conciencia cesa de responder. Llegamos a la facultad siguiente manifestada en la evolución de la vida en el reino animal. La sensibilidad al placer y al dolor es grande en este caso y aparece en germen la facultad de establecer relaciones entre los objetos y las sensaciones; nosotros la llamamos “la percep­ción” ¿Qué significa esta palabra? Significa; que la vida llega a poder establecer un lazo entre el objeto que la impresiona y la sensación por la cual ella responde a este objeto. Cuando esta vida naciente al contacto de un objeto exterior, reconoce en él algo que produce placer o dolor, decimos nosotros que este objeto es percibido y que la facultad de percibir o establecer lazos entre los mundos exterior e interior está evolu­cionada. Cuando este progreso es realizado, la facultad mental comienza a germinar y a cre­cer en el organismo. La encontramos entre los animales superiores. Tomemos el salvaje, el cual nos permitirá pasar más rápidamente sobre estos primero períodos. En él encontramos el sentimiento del “yo” y del “no-yo” surgiendo lentamente y marchando a la par. El “no-yo” le toca y el “yo” lo siente; el “no-yo” le es agradable y el “yo” lo sabe; el “no-yo” le hace sufrir y el “yo” experimenta dolor. Entonces queda esta­blecida una distinción entre el sentimiento que se mira como el “yo” y todas las causas que se consideran como el “no-yo“. Aquí nace la inte­ligencia, y la raíz de la propia conciencia comienza a desenvolverse. Dicho en otra forma, se crea un centro hacia el cual todo converge desde fuera y desde el cual todo diverge hacia el exterior. He dicho que las vibraciones se repetían. Esta repetición produce ahora resultados más rápidos. Conduce a percibir los objetos agra­dables y por ello, permite alcanzar el grado siguiente: la esperanza del placer antes de que el contacto tenga lugar. Se reconoce en el objeto lo que ya ha dado placer y se espera la repeti­ción del mismo. Esta esperanza es el primer signo de la memoria y el comienzo de la ima­ginación. El intelecto y el deseo se entrelazan y la esperanza, conduce a una nueva cualidad mental a manifestarse en germen. Cuando exis­ten el reconocimiento del objeto y la esperanza del placer que debe acompañar la vuelta de este objeto, el progreso siguiente es formar y animar una imagen mental el objeto, su recuer­do; de aquí nace una oleada de deseo, del deseo de tener este objeto, una aspiración hacia él y finalmente, la búsqueda de tal objeto que pro­cura impresiones agradables. De este modo mul­tiplica el hombre en sí los deseos activos. Él desea el placer e impulsado por el intelecto, se dedica a su búsqueda. Durante largo tiempo el había permanecido en el período animal, du­rante el cual jamás buscaba un objeto sin una sensación interna precisa inspirándole una ne­cesidad que solamente el mundo exterior podía satisfacer.

 

Volvamos, solo por un instante, al animal. ¿Qué es lo que le impulsa a la acción? El deseo imperioso de librarse de una sensa­ción desagradable. Siente hambre, desea ali­mento y se dedica a buscarlo. Siente sed, desea apaciguarla y va en busca de agua. Siempre busca el objeto que puede satisfacer su deseo y una vez satisfecho, permanecerá en reposo. En el animal no hay movimiento espontáneo; la impulsión debe venir de fuera. El hambre, cier­tamente, es sentida por el cuerpo interiormente, pero esto es exterior con relación al centro de la conciencia. El grado de evolución de la con­ciencia puede establecerse por la relación exis­tente entre las influencias determinantes exte­riores y los móviles espontáneos. La conciencia inferior es impulsada a la acción por influen­cias exteriores a ella misma. La conciencia su­perior es impulsada a la acción por móviles que provienen de adentro. Así, estudiando al salvaje, vemos que la sa­tisfacción del deseo es la ley de su progreso. ¡Cuán extraño parecerá esto a muchos de vo­sotros! Manú ha dicho: “Tratar de librarse de los deseos satisfaciéndolos, es pretender extin­guir el fuego, con manteca derretida. Es preciso humillar y dominar el deseo. Es preciso sofocar en absoluto el deseo”. Esto es muy realmente verdadero, pero solamente cuando el hombre alcanza un cierto grado de evolución.

 

En las primeras fases la satisfacción de los deseos es la ley de la evolución. Si el hombre no satisface sus deseos, no hay para él progreso posible. Necesario es comprender que, en este período, no existe nada que pueda llamarse moralidad. No hay distinción entre el bien y el mal. Todo deseo debe ser satisfecho. Cuando este centro consciente que acaba de nacer trata de satisfa­cer sus deseos, entonces solamente, puede desen­volverse. Durante esta fase primitiva, el Dharma del salvaje, o del animal superior le es im­puesto. No hay elección. Su naturaleza interior, que distingue el desenvolvimiento del deseo, pide ser satisfecha. La satisfacción de este de­seo es la ley de su progreso. El Dharma del salvaje es pues el satisfacer todos sus deseos y no encontraréis en él el más débil sentimiento del bien y del mal, ni la más vaga noción de que la satisfacción de los deseos pueda estar prohibida por una ley superior. Sin la satisfacción de los deseos no hay de­senvolvimiento posible y éste debe preceder al despertar de la razón y del juicio y a la ad­quisición de las facultades más altas de la me­moria y de la imaginación. Todo esto debe te­ner nacimiento en la satisfacción del deseo. La experiencia es la ley de la vida y del progreso. Sin acumular experiencias de todas clases, el hombre no puede saber que vive en un mun­do sometido a la Ley. Esta tiene dos maneras de hablar al hombre: el placer, cuando ella es ob­servada; el dolor cuando es violada. Si en esta fase poco avanzada los hombres no efectuasen toda clase de experiencias, ¿cómo conocerían la existencia de la Ley? ¿Cómo llegarían a establecer una distinción entre el bien y el mal sin haber tenido la experiencia del bien y del mal? Solo los opuestos hacen posible la existencia de un universo. Estos opuestos se presentan a la conciencia en un momento dado bajo la forma de bien y mal. No podréis reconocer la luz sin la oscuridad, el movimiento sin el reposo, el placer sin el dolor. Igualmente, no podéis conocer el bien que es la armonía con la Ley, sin conocer el mal que es el desacuerdo con la Ley. El bien y el mal son opuestos que carac­terizan un período más avanzado de la evolu­ción humana y el hombre no puede llegar a apreciar lo que les distingue sin haber pasado por las experiencias de uno y otro y ahora se produce un cambio. El hombre ha llegado a un cierto grado de discernimiento. Abandonado a sí mismo de un modo absoluto, el llegará con el tiempo, a reconocer que ciertas cosas le son favorables, le fortifican, exaltan su vida mientras que otras le debilitan, dismi­nuyen su vida. La experiencia le enseñará todo esto. Con ella por solo maestro, llegará a dis­tinguir el bien del mal, identificará el senti­miento agradable, que exalta la vida, con el bien y el sentimiento doloroso, que la dismi­nuye, con el mal y así llegará a concluir que toda felicidad y todo progreso tienen su origen en la obediencia a la Ley. Pero esta inteligencia naciente necesita mucho tiempo para comparar entre si las experiencias agradables y dolorosas y estas experiencias, difíciles de comprender en cuanto que lo que primero ha dado placer, llega, por el exceso, a causar dolor y de aquí deducir el principio de la Ley. Mucho tiempo ha de pa­sar para que ella pueda reunir innumerables experiencias y deducir de ellas la idea de que esto es bueno y aquello es malo. Pero a esta deducción no llega por sus  solos medios. De mundos pasados vienen ciertas Inteligencias de una evolución más alta que la suya, Maestros que vienen a ayudar su desarrollo, a llevar de la mano su crecimiento, a enseñarle la exis­tencia de una ley que impone las condiciones de su evolución y que aumentará su bienestar, su inteligencia y su fuerza. En realidad la Revelación que proviene de la boca de un Maestro apresura la evolución, en lugar de quedar en­tregada a las lentas enseñanzas de la experiencia y el hombre encuentra en las palabras de un superior y en su expresión de la ley una ayuda a su desenvolvimiento. El Maestro dice a esta inteligencia naciente: “Si matas a este hombre, cometerás una acción que yo prohíbo por autoridad divina; esta ac­ción es mala y te hará desgraciado”. El Maestro dice: “Es bueno socorrer a los que mueren de hambre; este hambriento es tu hermano, alimén­talo, no lo dejes morir de hambre, comparte con él lo que tú posees; esta acción es buena y si tú obedeces a esta ley, te encontrarás bien”. Las recompensas se ofrecen para atraer la inte­ligencia naciente hacia el bien y los castigos y amenazas para separarlos del mal. La prospe­ridad terrestre está asociada a la obediencia de la Ley y el infortunio terrestre a su trasgre­sión. Esta declaración de la ley, de que la des­gracia es la consecuencia de lo que la ley pro­híbe y la dicha es la consecuencia de lo que la ley ordena, estimula a la inteligencia naciente. Ella desobedece a la ley y al venir el castigo, sufre y después se dice: “El Maestro me había advertido”. El recuerdo de una orden confir­mada por la experiencia hace sobre la concien­cia una impresión mucho más fuerte y más rá­pida que la experiencia sola sin la revelación de la ley. Esta declaración de lo que los sabios califican de principios fundamentales de la mo­ralidad a saber, que ciertos géneros de ac­ción retardan la evolución y otros la aceleran­, es para la inteligencia, un inmenso estimulante. ¿Rehúsa el hombre obedecer la ley? Queda entonces entregado a las duras lecciones de la experiencia, El dice: “Yo quiero este objeto, por más que la ley lo prohíba” y queda enton­ces entregado a las severas enseñanzas del do­lor y el látigo del sufrimiento le enseña la lec­ción que no ha querido aprender de los labios del Amor. ¡Cuán frecuente es esto en nuestros días! ¡Cuántas veces un joven razonador e infatuado rehúsa escuchar la ley, rehúsa escuchar la experiencia y no tiene en cuenta las enseñanzas del pasado! El deseo supera en él a la inteli­gencia. Su padre tiene el corazón destrozado. “Mi hijo, dice, está sumido en el vicio; mi hijo se deja arrastrar al mal. Yo le he enseñado a obrar bien y he aquí que se ha vuelto un em­bustero. Tengo el corazón destrozado por su conducta”. Pero Ishvara, Padre más tierno que ningún padre terrestre, permanece paciente. Porque él está en el hijo lo mismo que en el pa­dre. Está en él y le instruye de la única ma­nera que esta alma consiente en aceptar. El joven no ha querido escuchar la autoridad ni el ejemplo. Es necesario a toda costa que el mal principio que retarda su evolución sea arran­cado de él. Si rehúsa instruirse por la dulzura, que se instruya por el dolor, que se instruya por la experiencia. Que se sumerja en el vicio para experimentar enseguida el amargo dolor que sobreviene por haber pisoteado la ley. No hay prisa. Si la lección es penosa de aprender, al menos la aprenderá seguramente. Dios está en él y por tanto le deja marchar a su gusto. ¡Qué digo! Hasta le facilita el camino. A la demanda del joven, Dios responde: Hijo mío, si rehúsas escuchar, haz lo que deseas y se instruido por tu dolor abrasador y la amargura de tu degradación. Yo estoy junto a ti, te vigilo a ti y a tus acciones, porque Yo cumplo la ley y soy el Padre de tu vida. Tú aprenderás a desear en el fango y la degradación, lección que no has querido recibir de la sabiduría y del amor”. He aquí porque Él dice en el Gita: “Yo soy el fraude del truhan”. Porque siempre pa­ciente, Él trabaja por el fin glorioso y nos hace emprender caminos dolorosos cuando no que­remos seguir los caminos llanos. Nosotros, inca­paces de comprender esta compasión infinita, interpretamos mal sus intenciones: pero Él pro­sigue su obra con la paciencia de la eternidad, para llegar a que el deseo sea completamente extirpado y que su hijo pueda ser perfecto como su Padre que está en los Cielos es perfecto. Abordemos el periodo siguiente. Hay en él ciertas grandes leyes de desenvolvimiento que son generales. Hemos aprendido a atribuir a ciertas cosas el carácter de bien y a otras el de mal. Cada nación se forma una idea especial de la moralidad. Muy pocos saben como esta idea se ha formado y cuales son sus puntos dé­biles. Para lo corriente de la vida ella es su­ficiente. La experiencia de la raza guiada por la ley, le ha enseñado que ciertas acciones re­tardan la evolución mientras que otras la aceleran. La gran ley de la evolución metódica subsecuente a las fases iniciales es la que go­bierna los cuatro pasos sucesivos del desenvol­vimiento siguiente del hombre y se afirma cuan­do este ha alcanzado un punto determinado, cuando su enseñanza preliminar ha concluido. Esta ley existe en todas las naciones cuya evolución ha alcanzado cierto nivel, pero ha sido proclamada por la India antigua como la ley definida de la vida evolucionante, como la pro­gresión que sigue el alma en su crecimiento, como el principio subyacente que permite com­prender el Dharma y conformarse a él.