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«¿Y qué hago yo ahora para librarme de esta terrible agresividad?» La respuesta es: «Nada. ¡Disfrútala!» Es precisamente este «no querer tener» lo que provoca la formación de la sombra y nos pone enfermos: ver la agresividad nos sana

 

El Budismo no es una religión en un sentido semejante al de las llamadas reveladas o del libro, las cuales reconocen un ser superior al que llaman Dios, al que interpretan, al que se dirigen de variadas maneras, piden cosas, solicitan su perdón… etc. Estas religiones tienen dogmas que son creencias indiscutibles como la existencia de un alma, la vida eterna después de la muerte con premios y castigos… etc.

El Budismo es una práctica de las Enseñanzas de Buda, un hombre  que vivió hace unos dos mil quinientos años. Es un intento de imparcialidad, una experiencia de ensanchamiento de la percepción de lo que nos rodea hasta la ilimitación, una forma de vida sin adicción a los objetivos mundanos, opiniones vulgares, creencias o ideas preconcebidas. Es el hallazgo del origen de nuestra propia naturaleza anterior a la consciencia pensante, condicionada e ignorante, causa de todo sufrimiento y comportamiento egoísta y depredador.

Todas estas expresiones resultarán incomprensibles en gran parte a las personas que no han estudiado el Budismo verificándolas en sí mismos, observando el automatismo egocéntrico, esa costumbre de ser continuos protagonistas, actores de una película autocomplaciente del “todo para mí”, agotadora y sin mérito por ser inconsciente en su mayor parte y desesperadamente pasiva cuando nos damos cuenta que está causada por la moda y la manipulación.

Tenemos una consciencia que reacciona codiciosamente ante la posibilidad de ganancia, que es la ley de moverse hacia lo que gusta y alejarse de lo que disgusta. La consciencia así condicionada, es con la que nos identificamos llamándola Yo o Ego que erigido en directivo de pensamientos, sentimientos y conducta, los domina hasta el descontrol excluyente de lo que no sea egoísmo.

El intento de controlarle no será el resultado de imposiciones o astutos argumentos sino de la imparcialidad, la impersonalidad, la ausencia de objetivos en la experimentación de otra forma de consciencia vacía de ellos.

EL EGO PERMANENTE

La idea de que el Buda predicaba la no existencia del yo, se apoya principalmente en algunos libros de fecha posterior no canónicos, tales como Las Preguntas del Rey Milinda. Esta idea se basa principalmente en algunas respuestas que el Buda da al ser interrogado acerca del yo y del no-yo, las cuales están exactamente contenidas del mismo modo en los Upanishads. El Buda nos dice claramente que ni la forma, ni las sensaciones, ni las percepciones, ni las impresiones, ni la mente son el yo; pero en modo alguno dice que el yo no existe, sino sólo que el cuerpo y todas las demás posesiones que generalmente se confunden con el yo, no lo son en realidad. Dice que el yo es algo que se halla muy por encima de todas estas cosas, y afirma que cuando el yo se reconoce como distinto de todo lo que le rodea, y se despoja de toda afección, por la ausencia de esta afección se hace libre. Esta afirmación parece que decide de una manera concluyente la existencia de un yo permanente, puesto que si el yo no existe, ¿qué es, pues, lo que logra hacerse libre? Nuestras mentes occidentales, extrañas por completo a las concepciones de los hindúes, a quienes el Buda dirigía sus sermones, sólo ven la aniquilación ante sí cuando oyen afirmar que hasta la razón no es el yo. Pocos son los que pueden comprender que la mente y la razón, y hasta mucho que está tras ellas, por sublimes que sean, no son más que meros vehículos compuestos de materia. El verdadero yo las trasciende todas, y en las enseñanzas directas de Buda podemos hallar abundantes datos que contradicen la teoría de que negaba este ego tutelar.

tMrs. Besant con respecto a este último en su admirable libro que lleva este título. “Estudiar la vía del Budismo es estudiarse a sí mismo; estudiarse a sí mismo es abandonar el ego; abandonar el ego es fundirse con todo el cosmos entero.”

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Esto es posible porque, fuera de nuestra mente, el tiempo no existe

Las diferentes piezas del mecanismo, son to­das realmente meros instrumentos del ego mien­tras el dominio de estas sobre ellas esté aún muy incipiente. Importa por ello tener siempre pre­sente que el ego es una entidad en desarrollo, no pasando en la mayoría de nosotros de ser una simple semilla de lo que un día llegará a ser. Una estancia del libro de Dzyan dice: “aquellos que no recibieron sino una chispa permanecerán desprovistos de entendimiento: la chispa brillaba débilmente”; y la señora Blavatsky explica: “a­quellos que no recibieron sino una chispa consti­tuyen la base humana que tiene que adquirir su intelectualidad mediante la presente evolu­ción manvantárica” (La doctrina Secreta, Cap. 2). En el caso de la mayoría, la chispa está ardien­do aún muy floja, y muchas eras transcurrirán antes de que su lento crecimiento alcance el estado de una llama fija y resplandeciente. Es verdad que en la literatura teosófica hay pasajes que parecen dar a entender que nuestro ego superior no necesita evolución, siendo ya perfecto y divino en su propio plano; pero donde quiera que tales expresiones hayan sido usadas sea cual fuera la terminología empleada, debe aplicarse tan sólo al alma, el verdadero dios dentro de nosotros, que, ciertamente, está mucho más allá de la necesidad de cualquier espe­cie de evolución de la que podamos saber. El ego reencarnante, sin duda evoluciona, pu­diendo ser claramente visto el proceso de su evolución por los que desarrollaron la visión clarividente, en la medida necesaria a la perfec­ción de lo que existe en los niveles superiores del plano mental.

Es de materia de este plano (si le podemos dar el nombre de materia) de lo que se compone el cuerpo causal, relativamente permanente, que el ego lleva con él a través de nacimientos y naci­mientos hasta el estadio final evolutivo humano. Pero aunque todo ser individualizado deba po­seer necesariamente cuerpo causal (pues es su posesión lo que constituye la individualidad), la apariencia de ese cuerpo no es la misma en todos los casos: en el hombre común no desarro­llado sus contornos son imprecisos, y malamente se distinguen incluso entre los dotados de visión que les abra los secretos de aquel plano; por lo tanto no pasa de ser una simple película incolora, apenas lo bastante para mantener su conexión y constituir una individualidad reencarnante y no más. Sin embargo, cuando el hombre comienza a desarrollar su intelectualidad, o incluso su intelecto superior, sobreviene un cambio. El Individuo real comienza a tener una característica propia, y las partes de las que fueron modeladas en cada una de sus personalidades por las circunstancias ambientales, inclusive la educa­ción: y aquella característica es representante por el tamaño, color, luminosidad y precisión del cuerpo causal, del mismo modo que de la perso­nalidad se muestra el cuerpo mental, con la diferencia de que el primer vehículo superior es naturalmente, más bello y sutil.

Sobre otro aspecto difiere también de los cuerpos inferiores: en ninguna de las circuns­tancias ordinarias puede el mal manifestarse a través de él. El peor de los hombres ha de mos­trarse en este plano superior solamente como entidad no desarrollada; sus vicios, aunque transmitidos de vida a vida, no pueden manchar su vehículo superior, apenas volverán más difícil el desarrollo de las virtudes opuestas. Por otro lado, la perseverancia en el camino recto se refleja inmediatamente en el cuerpo causal; en el caso del discípulo que progresó en la senda de la santidad, es una visión maravillosa que transciende toda concepción terrenal; y en el adepto, es una deslumbran­te esfera de luz y de vida, cuya gloria radiante no hay palabras que lo describan. Aquel que con­templó una vez un espectáculo tan sublime como este y puede también ver a su alrededor indivi­duos en todas las fases de desarrollo desde esa película incolora de la persona vulgar, jamás alimentará dudas en cuanto a la evolución del ego reencarnante. El poder que tiene el ego sobre sus diversos instrumentos y, por lo tanto, la influencia que en ellos ejerce, es naturalmente poco apreciable en los estados iniciales. Ni su mente ni sus pasiones están sobre su control total; en verdad, el hombre común casi no hace esfuerzos para frenarlos, sino que se deja llevar por aquí y por allá, como sugieren sus pensamientos o deseos de orden inferior. De esto se difiere porqué en el sueño las diferentes piezas del mecanismo se encuentran libres para operar casi enteramente por cuenta propia, sin dependencia del ego, y el estado de su progreso espiritual es uno de los factores que tenemos que ponderar en la cuestión de los sueños. Es importante considerar también la parte que el ego desempeña en la formación de nuestras concepciones de objetos externos. Debemos recordar que las vibraciones de los hilos nervio­sos simplemente se limitan a comunicar impre­siones al cerebro, y que pertenece al ego, actuando a través de la mente, la tarea de clasificar­las, combinarlas y recombinarlas. Cuando por ejemplo, yo miro por la ventana y veo una casa y un árbol, inmediatamente las identifico, aunque la información transmitida a mí por los ojos sea por si sola insuficiente para esta identificación. Lo que sucede es que ciertos rayos luminosos (esto es, corrientes de éter vibrando en determinada longitud de onda) son reflejados por aquellos objetos e hieren la retina de mi ojo, y los hilos nerviosos sensibles se ocupan de conducir estas vibraciones al cerebro. ¿Pero qué es lo que ellos nos tienen que decir? La información que realmente transmiten es la de que en determinada dirección existen blo­ques de colores variados, limitados por contor­nos más o menos definidos. Es la mente la que en virtud de experiencias pasadas, es capaz de discernir que un objeto particular de superficie blanca representa una casa, y otro rodeado de verde a un árbol; y que son ambos probablemente de uno u otro orden de tamaño, situándose a esta o aquella distancia de donde me encuentro. Aquel que es ciego de nacimiento, que adquie­re la visión por medio de una operación, queda durante largo tiempo sin saber que son los objetos que ve, y no puede enjuiciar a que distancia se encuentran. Se da el mismo caso con los recién nacidos. Les vemos muchas veces queriendo agarrar cosas que están fuera de su alcance (la luna por ejemplo); pero a medida que van creciendo, aprenden inconscientemente por la experiencia, el tamaño probable de las for­mas por él vistas. E incluso las personas adultas pueden con facilidad engañarse en cuanto a la distancia y la dimensión de cualquier objeto que no les sea familiar, especialmente si lo ve con luz difusa e incierta. Se comprende por lo tanto que la visión sólo por sí misma, no es en absoluto suficiente para una percepción exacta; y que el discernimiento del ego, actuando a través de la mente, es lo que conduce a la identificación de las cosas vistas. Y ese discernimiento, además de esto, no es un instinto peculiar de la comparación inconsciente de muchas experiencias, puntos que deben ser objetos de cuidadosa atención cuando llegue­mos a la próxima división de nuestro asunto.

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La aceptación del síntoma lo hace superfluo. La resistencia provoca mayor presión. El síntoma desaparece rápidamente cuando al paciente se le ha hecho indiferente. La indiferencia indica que el paciente acepta la validez del principio manifestado en el síntoma. Y esto se consigue sólo con «abrir los ojos»

EL CEREBRO

Cuando el ego dejó de dominar el cerebro, no perdió éste enteramente la conciencia, como tal vez pudiéramos esperar. Se evidenció en varias experiencias que el cuerpo físico está dotado de una cierta conciencia intrínseca, enteramente distinta del ego y distinta también del mero agregado de la conciencia de sus células. Observó el autor durante varias ocasiones, el efecto de esta conciencia, al presenciar una extracción de dientes bajo la acción de un gas anestésico. El cuerpo dejó escapar un grito con­fuso y las manos se irguieron en un movimiento instintivo, indicando claramente que hasta cierto punto fue sentida la operación. Pero cuando el ego reasumió el mando veinte minutos después, declaró que no había sentido absolutamente nada. Se que tales movimientos son general­mente atribuidos a la acción refleja, y semejante afirmación acostumbra a ser aceptada como si fuese una explicación real; la verdad, sin embar­go, es que no pasa de ser una frase cuyas palabras no aclaran nada de lo que realmente ocurrió. Tal conciencia, por lo tanto, aún funciona en el cerebro físico, aunque el ego esté flotando enci­ma de él. Pero su alcance es sin duda mucho menor que el del hombre propiamente dicho, y, consecuentemente todas aquellas causas antes mencionadas como de probable repercusión en la actividad del cerebro, son entonces capaces de influenciarlo en mucha mayor escala. La más ligera alteración en la alimentación o en la circu­lación de la sangre, produce ahora graves trastornos, y es por esto que la indigestión, perturbando el flujo sanguíneo, da origen a sueños agitados o malos sueños con frecuencia. Pero aunque alterada, esta extraña y desorde­nada conciencia, presenta muchas peculiari­dades dignas de tomar en cuenta. Su acción parece en gran medida automática, y sus resul­tados habitualmente incoherentes, desconexos y confusos en extremo. Parece incapaz de apren­der una idea excepto cuando reviste la forma de una escena en que él es el propio actor; y de ahí el porqué todos los estímulos, sean de dentro o de fuera, son inmediatamente traducidos en imá­genes perceptibles. Es incapaz de asimilar ideas abstractas o de retener recuerdos de este orden, las cuales se convierten en nociones imagina­rias. Si por ejemplo, la idea de la gloria pudiera ser sugerida a esta conciencia, no tomará forma sino como una visión de algún ser glorioso, apareciendo delante del soñado; si fuera un pensamiento de odio, éste solamente será apreciado como una escena en la cual un actor imaginario manifestó un violento rencor hacia el soñador. Además de esto, toda dirección local del pensamiento significa para él de modo absoluto un transporte espacial. Si durante las horas de vigilia pensamos en la China o en Japón, es como si nuestro pensamiento, en ese mismo instante, estuviera en esos países; sin embargo, sabemos perfectamente que nuestro cuerpo no sale de donde se encontraba un momento antes. En el estado de conciencia ahora considerado, el ego no se encuentra presente para distinguir y comparar las impresiones más groseras, por consiguiente, cualquier pensamiento transitorio sugerido a la China o a Japón, puede represen­tarse apenas como un transporte instantáneo y efectivo hacia aquellos países, el soñador allí se encontraría de repente, rodeado de todas las circunstancias propias que en este momento pudiera recordar. Se ha notado que aunque espantosas transiciones de este tipo son demasiado frecuentes en los sueños, jamás el soñador parece sentir cualquier sorpresa o imprevisto por ellas. Este fenómeno es fácilmente explicable cuando se ha examinado a la luz de observacio­nes como las presentes, porque en la restrictiva conciencia del cerebro físico, no existe nada que nos pueda comportar tal sentimiento de sorpresa: simplemente él percibe las escenas como se presentan delante de él, careciendo de discernimiento para enjuiciar su secuencia o falta de ella. Otra fuente de extraordinaria confusión visible en esta semiconciencia, es la manera en la que en ella opera la ley de asociación de ideas; es familiar para todos nosotros la notable acción instantánea de esta ley en la vida de vigilia; sabemos como una palabra casual, una nota musical e incluso el perfume de una flor, pueden ser suficientes para redespertar en la mente una cadena de recuerdos hace mucho tiempo olvi­dados. Durante el sueño, en el cerebro, esa ley está siempre activa, pero funciona bajo curiosas limi­taciones. Todas las asociaciones de ideas abs­tractas o concretas se convierten en una mera combinación de imágenes; y, porque nuestra asociación de ideas actúa casi siempre por sincronismo, en forma de acontecimientos que se suceden unos a otros, aunque realmente sin ninguna interconexión, fácilmente se concibe común la ocurrencia de inexplicables confusio­nes de imágenes, tanto o más como que es prácticamente infinito su número, y todo lo que se puede extraer de esa inmensa reserva de memoria, aparece bajo la forma de imágenes. Como es natural, una tal sucesión de cuadros raramente permite una reconstrucción perfecta en la memoria, porque a nada ayuda la ausencia de orden; la diferencia de lo que sucede en vigi­lia, es que no hay dificultad para recordar una frase o verso asociados, aunque hayan sido oídos una sola vez; mientras que si se recurre a un sistema nemotécnico, sería casi imposible reconstruir con exactitud un simple aglomerado de palabras sin sentido en circunstancias seme­jantes. Otra peculiaridad de esa curiosa conciencia del cerebro, es que es singularmente sensible a muchas pequeñas influencias externas, él todavía las aumenta y las transforma a un grado casi increíble. Todos los que escribieron al respecto de los sueños citan ejemplos de esto; y con seguridad, alguno de éstos serán del conoci­miento de cuantos han dedicado atención a este asunto. Entre las historias más comunes que se han escuchado, existe la de un hombre que tuvo un sueño angustioso de estar siendo ahorcado por­que el cuello de su camisa estaba demasiado ajustado; y de otro que exageró una herida que le fue infligida durante un duelo; y de otro que transformó un pequeño pellizco en una morde­dura de un animal feroz. Maury cuenta que cierta vez la barra de la cabecera de la cama en que dormía, se soltó tocando levemente su cuello, pero que este insignificante contacto dio origen a un terrible sueño sobre la revolución francesa  en el que sentía que estaba siendo guillotinado. Relata otro autor que muchas veces despierta con el recuerdo confuso de sueños llenos de ruidos, voces altas y sonidos irritantes, y que durante mucho tiempo no le fue posible descu­brir la causa; pero al final consiguió relacionarlos con el sonido murmurante producido en el oído, tal vez por la circulación de la sangre, cuando tumbado sobre la almohada escuchaba un poco más alto el mismo murmullo que se oía cuando una concha se acerca al oído. En este punto ya se habrá evidenciado que es en el propio cerebro físico donde tienen sede un sinnúmero de exageradas confusiones en la historia de muchos fenómenos oníricos.

EL CEREBRO ETERICO

Es obvio que esta parte del organismo tan sensible a todas las influencias, incluso durante nuestras horas de vigilia, debe ser aún más susceptible durante el estado del sueño. Examinando el cerebro etérico en tales cir­cunstancias por un clarividente, se observó que por él están siempre pasando corrientes de pensamientos; no hay pensamientos propios, pues le falta el poder de pensar, pero hay pensa­mientos ocasionales que flotan a su alrededor. Es una verdad perfectamente conocida por los estudiantes de ocultismo, que “los pensamien­tos son cosas”, porque todo pensamiento queda impreso en la esencia elemental plástica, y gene­ra una entidad con vida temporal, cuya duración depende de la energía del pensamiento-impulso. Vivimos, por lo tanto, en medio de un océano de pensamientos ajenos, los cuales, estemos dor­midos o despiertos, se presentan constantemen­te a la parte etérica de nuestro cerebro. Mientras estamos pensando activamente, y tenemos así nuestro cerebro perfectamente ocu­pado, este se vuelve prácticamente impermea­ble a la incesante intromisión de pensamientos desde afuera; pero a partir del momento en que lo dejamos ocioso, la corriente caótica comienza su invasión. Entre los pensamientos, hay muchos que no son asimilables y que pasan casi desaper­cibidos; de cuando en cuando, sin embargo, sobreviene uno que provoca vibraciones a las que no está acostumbrada la parte etérica del cerebro, y éste lo incorpora como propio y lo aumenta de intensidad. Tal pensamiento, a su  vez, sugiere otro, y así, toda una serie de ideas comienzan hasta que eventualmente también se disipan. Entonces, la corriente desconexa y con­fusa recomienza a fluir a través del cerebro. La gran mayoría de las personas, si prestaran atención a lo que habitualmente consideran sus pensamientos íntimos, verán que ellos consisten en gran medida en una corriente ocasional como aquella, que en verdad no es de pensamientos propios, pero se compone de meros fragmentos dispersos de los de otras personas. Porque el hombre ordinario no tiene dominio sobre su men­te; casi nunca sabe exactamente lo que está pensando en determinado momento, o porqué le viene tal o cual pensamiento; en vez de orientar la mente hacia un rumbo certero, consiente en que ella vague sin voluntad y sin objetivo. Y así cualquier semilla adventicia traída por los vien­tos, encuentra terreno propicio para germinar y fructificar. El resultado es que aún cuando el ego real­mente desee alguna vez pensar ordenadamente sobre un asunto en particular, se ve prácticamen­te imposibilitado de hacerlo; de un lado a otro convergen súbitamente todo tipo de pensamientos errantes, y no acostumbrado a dominar la mente, carece de fuerzas para detener su caudal. No sabe que el verdadero pensamiento se caracteriza por la concentración; y no habiendo ésta, aquella debilidad de la mente y de la voluntad, hace que para el hombre común sean tan difíci­les los primeros pasos en el sendero del progre­so oculto. Además de esto, ya que en el presente estado de evolución del mundo, hay probable­mente, más pensamientos malos que buenos en circulación alrededor de él, semejante debilidad de la mente transforma al hombre en un ser expuesto a toda suerte de tentaciones, que serían del todo evitadas si hubiese un poco de atención y esfuerzo. En el sueño, entonces, la parte etérica del cerebro se encuentra aún más que normalmente a merced de aquellas corrientes de pensamien­to, dado que en esta situación, el ego está en asociación menos íntima con él. Hecho curioso mostrado en experiencias re­cientes, es el de que si por cualquier circunstan­cia son esas corrientes alejadas de la parte eté­rica del cerebro, éste no permanece absoluta­mente pasivo, sino que evoca para sí mismo escenas  de su almacén de memorias pasadas. Más adelante daremos ejemplos en este sentido describiendo algunas de las experiencias.

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Si en un síntoma descubrimos un principio que nos falta, basta con aprender a querer el síntoma ya que él hace realidad lo que nos falta. El que espera con impaciencia la desaparición del síntoma no ha comprendido el concepto. El síntoma expresa el principio que está en la sombra: si nosotros aceptamos el principio, mal podemos rechazar el síntoma

EL CUERPO ASTRAL

Como hemos dicho anteriormente, es en este vehículo en el que el ego funciona durante el sueño y es generalmente visto por aquellos cuya visión interna esté abierta, flotando en el aire por encima del cuerpo físico en la cama. Su aparien­cia, sin embargo, varía bastante según el grado de evolución alcanzada por el ego. En el caso de un ser humano atrasado y aún por desarrollarse, no es más que una nube vaporosa e imperfecta con forma ovoide, de contornos muy irregulares y mal definidos; y la figura central (la contraparte astral más densa del cuerpo físico), rodeada por una nube, es también vaga a pesar de ser reconocible. El cuerpo astral sólo es receptivo a las vibraciones más groseras e impetuosas del de­seo, y es incapaz de alejarse unos metros más allá del cuerpo físico; pero a medida que se evoluciona, la nube ovoide va ganando contor­nos más definidos, y la figura en el interior asume el aspecto de una imagen casi perfecta del cuerpo físico. Al mismo tiempo aumenta su receptividad y pasa a responder instantáneamente a las vibraciones de su plano, desde la más sutil a la más abyecta, si bien en el cuerpo astral de un Ser humano altamente evolucionado, ya no existe prácticamente materia grosera para responder a las vibraciones de este último tipo. Se hace mayor también su poder de locomoción, y es capaz de viajar sin dificultad a considerables distancias de su vehículo físico, y regresar trayendo impresiones más o menos exactas de los lugares visitados y de las personas con quienes se ha encontrado. En todos los casos, es el cuerpo astral extre­madamente impresionable por cualquier pen­samiento o sugestión que implique deseo, aun­que en algunas personas los deseos de más fácil repercusión sean de carácter más elevado que en otras.

EL EGO DURANTE EL SUEÑO

La condición del cuerpo astral durante el sue­ño es en sobremanera variable a medida que progresa en la evolución; pero la del ego que en él habita varía aún más. Estando aquel bajo la forma de una nube que flota, permanece el ego casi dormido, como el cuerpo físico; es ciego a las visiones y sordo a las voces de su propio mundo superior. Si alguna idea perteneciente a este mundo, por casualidad le alcanzase, esca­pándose del control del respectivo mecanismo, no tendría medios de imprimirla en el cerebro físico para recordarla al despertar. Si un hombre en este estado primitivo captase algo de todo aquello que le sucede durante el sueño, sería casi invariablemente el resultado de meras im­presiones físicas, internas o externas, recibidas por el cerebro, olvidada cualquier posible expe­riencia del ego real. En casi todas las fases pueden ser observados los que duermen, desde la del total olvido de las cosas, hasta la de la plena y perfecta conciencia en el plano astral, si bien sea relativamente rara esta última. Hasta incluso lo bastante consciente de la importantes experiencias por las que muchas veces haya pasado en este plano superior, pue­de el hombre eventualmente, lo que no es raro que ocurra, sentirse impotente hasta cierto punto para ejercer dominio sobre el cerebro en el sentido de refrenar sus formas-pensamientos irracionales, sustituyéndolas por las que desea­se recordar. Y así, una vez despierto, al cuerpo físico sola­mente le resta el más confuso recuerdo, o incluso ninguno, de lo que efectivamente sucedió. Y es una pena que así suceda, porque se le pueden deparar muchas cosas de la mayor importancia e interés para él. No sólo le es posible visitar escenarios distan­tes de extraordinaria belleza, sino incluso mantener e intercambiar ideas con amigos vivos o muertos que estén igualmente despiertos en el plano astral. Es probable que obtenga felicidad al encontrar personas cuyos conocimientos sean superiores a los suyos, y le proporcione consejos e instrucciones; puede, por otro lado gozar del privilegio de ayudar y consolar a los que saben menos que él. Y también entrar en contacto con entidades no humanas de varias especies: espíritus de la naturaleza, elementales artificiales, o incluso devas, aunque raramente. Estará más sujeto a varios tipos de influencias benéficas o maléficas, estimulantes o aterrorizantes.

EL EGO Y SU TRASCENDENTAL

MEDIDA DEL TIEMPO

Tanto si guarda o no recuerdo de alguna cosa cuando esté físicamente despierto, el ego está dotado de plena, o al menos parcial con­ciencia del ambiente astral; está empezando a entrar en posesión de su patrimonio de poderes, que transcienden con mucho aquellos de que aquí dispone; pues su conciencia, cuando es así liberada del cuerpo físico, disfruta de amplias posibilidades. Su medida del tiempo y el espacio es totalmente diferente de la que es normal durante nuestra vida de visita. Desde nuestro punto de vista es como si para él no existiese el tiempo ni el espacio. No cabe aquí discutir, ni deseo hacerlo, el tema, por más que resulte interesante, para poder afirmar si el tiempo realmente existe, la muerte, parece adoptar una medida trascendental del tiempo que nada tiene en común con nuestra medida fisiológica. Para comprobarlo, centenares de historias pueden ser recordadas; basta mencionar dos; una bien antigua relatada, creo yo, por Addison en “The Spectator”, y la otra que hace referencia a un acontecimiento que ocurrió en época bien reciente y que fue reflejado por la prensa.

EJEMPLOS ILUSTRATIVOS

Existe en el Corán, parece ser, la maravillosa narración de una visita que en la mañana de cier­to día hizo al cielo el profeta Mahoma. Allí vio muchas y diferentes regiones sobre las cuales oyó amplias y completas historias; también tuvo largos coloquios con los ángeles. Mientras tanto, cuando volvió al cuerpo físico, notó que la cama de donde se levantaba aún estaba caliente y verificó que habían transcurrido apenas unos segundos; se dio cuenta, en efecto, que no había acabado de vaciarse un jarro de agua, que él accidentalmente había derramado al partir hacia la expedición. La historia de Addison cuenta como un sultán de Egipto, declarando que era imposible creer aquello que escuchó, pasó en tono desabrido a apostofrar de mentirosa la narrativa de su ins­tructor religioso. El instructor, notable y erudito doctor en leyes, dotado de poderes milagrosos, quiso al instante probar al incrédulo monarca que la historia no era absolutamente imposible. Trajo consigo un gran barreño de agua y le pidió al sultán que metiera en él la cabeza y la retirase lo más deprisa posible. El rey se puso de acuerdo en meter la cabeza dentro del barreño de agua y, para su gran sorpresa, se vio inmedia­tamente en un lugar que jamás conoció, una larga playa cercana al pié de una gran montaña. Después de volver en sí de su asombro, la idea más natural que le pasó por la mente, como soberano oriental, fue la de haber sido hechizado; comenzó entonces a proclamar contra la innominable traición del sabio. Pero el tiempo transcurría; sintió hambre, y no le quedaba otra alternativa sino salir en busca de alimento en esa extraña región. Después de errar durante algún tiempo, dio con unos hombres que se ocupaban en derrum­bar árboles en un bosque. A ellos se dirigió pidiéndoles ayuda. Aceptaron la propuesta y le llevaron en su compañía hasta la ciudad en que residían. Allí quedó él viviendo y trabajando durante años; economizó dinero y más tarde contrajo matrimonio con una mujer rica. Pasó mu­chos años felices de vida matrimonial, constituyendo una pequeña familia de catorce hijos; pero después de perder su esposa y sufrir muchas adversidades, por fin reducido a la miseria, fue obligado, ya en edad adulta a volver al antiguo oficio de cargador de leña. Un día cuando paseaba junto al mar se quitó la ropa y se zambulló en el agua para darse un baño. Al erguir la cabeza y sacudir los ojos, se que­dó pasmado de verse en pié en medio de sus antiguos cortesanos con el viejo instructor a su lado y el recipiente con agua enfrente. No es de extrañar que sólo después de algún tiempo le fuese posible creer que todos aquellos años de incidentes y aventuras no pasaron de ser el sueño de un momento, provocado por la suges­tión hipnótica del instructor, y que él realmente no hiciera sino meter la cabeza por un instante en el recipiente con agua y erguirla a continua­ción. Una buena historia que sirve para ilustrar lo que hemos dicho antes; cierto es, sin embargo, que no tenemos pruebas para demostrarlo. Es bien diferente lo que le ocurrió otro día a un conocido hombre de ciencia. Tuvo que some­terse a la extracción de dos dientes, para lo que le fue aplicada la anestesia apropiada. Interesa­do en problemas de este tipo, decidió observar cuidadosamente sus sensaciones durante el curso de la operación; pero en el momento en que inhaló el gas, se apoderó de él tal entorpeci­miento que olvidó inmediatamente su intención, pareciendo caer en un sueño profundo. Despertó a la mañana siguiente, conforme él supuso, y salió como de costumbre a reanudar sus trabajos y experiencias científicas, dar con­ferencias en varias corporaciones eruditas, etc., todo con un exaltado sentimiento de alegría y de redoblada capacidad: la conferencia representó un notable triunfo; cada experiencia condujo a nuevos y magníficos descubrimientos; se suce­dieron a este ritmo los días y las semanas duran­te un considerable período, aunque el tiempo exacto no se pudiera precisar. Hasta que finalmente, cuando estaba haciendo una exposición delante de los miembros de la Real Sociedad se vio importunado por el insólito comportamiento de uno de los presentes que le perturbó diciendo: “ahora todo está terminado”; y deteniéndose para saber que significaba tal observación, oyó otra voz que decía así: “ambos están fuera”. Fue entonces cuando se dio cuenta de que se encontraba sentado en la silla del dentista: todo aquel período de intensa actividad él lo había vivido en cuarenta segundos exactamente. Se puede decir que ninguno de estos casos fue propiamente un sueño común. Pero acontecimientos semejantes se dan frecuentemente en los sueños comunes, habiendo, por consiguiente, innumerables testimonios que lo comprue­ban. Steffens, uno de los autores alemanes que se ocuparon de este asunto, relata que, aún siendo niño, dormido al lado de su hermano, soñó que estaba siendo perseguido por un terrible animal feroz, en una calle lejana. Huyó poseído por un  gran pánico y sin poder gritar, hasta que alcanzó una escalera en la cual se subió; pero exhausto por la carrera y por el terror, fue agarrado por el animal, que le mordió gravemente en el muslo. Se despertó asustado, y vio entonces que su her­mano le había pellizcado el muslo. Richers, otro escritor alemán, cuenta la historia de un hombre a quien el estampido de un tiro le despertó, siendo este momento el final de un largo sueño en el cual él se hiciera soldado, desertara, y, vencido por un inmenso cansancio, fuera capturado y sometido a proceso, condena­do y finalmente fusilado; todo este gran drama se desarrolló hasta el instante en que le despertó del sueño el sonido del tiro. Existe también la historia del hombre que se durmió en un sillón mientras fumaba un cigarro, y que después de soñar con la existencia de inci­dentes durante años y años, se despertó con el cigarro todavía encendido. Casos como estos se pueden multiplicar en número casi infinito.

EL PODER DE LA DRAMATIZACIÓN

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el cuerpo humano está diseñado para ser un “canal”

Otra notable peculiaridad del ego a acrecentar su trascendental medida del tiempo, es sugeri­da por algunas de estas historias y viene a ser su facultad, o tal vez sea mejor decir su costumbre de dramatizar, instantánea. Se observará en los casos de los disparos y en el pellizco, que precisamente acabamos de referir: el efecto físico que despertó a la persona surgió como el clímax de un sueño que aparentemente se prolongó duran­te un largo espacio de tiempo, mientras que en verdad, fue obviamente sugerido por el propio efecto físico. La noticia, por así decirlo, de este efecto físico, tanto si ha sido un sonido como un contacto, fue comunicado al cerebro por los hilos nerviosos, y semejante transmisión exige cierto lapso de tiempo, sólo una insignificante fracción de se­gundo sin duda pero aún así, una cantidad  definida que es calculable y mesurable por los delicadísimos instrumentos usados en la moderna investigación científica. El ego, cuando está fuera del cuerpo, es capaz de percibir con abso­luta instantaneidad, y sin uso de los nervios; consecuentemente, se da cuenta de lo que ocurre justamente en aquella infinitesimal fracción de segundo antes que la información llegue  cerebro físico. En ese inapreciable espacio de tiempo, parece que él compone una especie de drama o serie de escenas, que culminan y finalizan en el evento que despierta al cuerpo físico; y después de despertar sufre la limitación de los órganos de este cuerpo, volviéndose incapaz de distinguir en la memoria entre lo subjetivo y lo objetivo y de ahí imaginar haber realmente participado en el drama durante el sueño. Ese estado de cosas, con todo, parece ser peculiar al ego que desde el punto de vista espiritual está aún relativamente subdesarrolla­do; a medida que ocurre la evolución, y el hombre real pasa a comprender su posición y sus responsabilidades, trasciende él la fase de los alegres pasatiempos de la infancia. Se asemeja al hombre primitivo, que ve todo fenómeno natural bajo la forma del mito: el ego no evolucionado drama­tiza todos los eventos que caen en sus manos. Pero el hombre que alcanzó la continuidad de la conciencia, se encuentra de tal modo absorto en su trabajo en los planos más elevados, que no le sobra energía para otras cosas y por eso deja de soñar.

FACULTADES DE PREVISIÓN

Otro resultado del método paranormal de medir el tiempo consiste en la posibilidad de que el ego haga previsiones dentro de ciertos límites. Presente, pasado y futuro se abren ante él siem­pre que él los sepa leer; y no hay duda que él así puede ver a priori sucesos de importancia o interés para su personalidad inferior, en los cua­les sus intentos para grabarlos tendrán mayor o menor éxito. En el caso del hombre común son tremendas las dificultades del camino. Ni incluso semides­pierto él se encuentra; casi no ejerce ningún dominio sobre sus diversos vehículos; no puede así impedir que su mensaje sea transformado o aumentado por las ondas del deseo, o por las corrientes del pensamiento que sobrepasan en la parte etérica del cerebro, o por algunos pe­queños problemas fisiológicos en el cuerpo denso. Teniendo en cuenta todo esto, no es de extrañar que solo raramente tengan éxito sus intentos. Una y otra vez, la previsión completa y perfecta de un acontecimiento es traída con nitidez de dominios del sueño; pero la mayoría de las veces la escena llega desfigurada e irreconocible, mientras otras veces todo no pasa de ser una sensación imprecisa de una densidad inminente, y con más frecuencia, nada alcanza al cuerpo. Se argumenta a veces, que si la previsión se cumple, debe ser mera coincidencia; pues si los hechos pudieran ser previsibles es porque estarían preordenados, no existiendo entonces el libre albedrío en el hombre. Sin duda existe este libre albedrío; he aquí por qué dijimos antes que la premonición sólo es posible dentro de ciertos límites. Los asuntos que dicen respecto al hombre común, es proba­ble que esta posibilidad sea en escala más amplia, porque él carece de voluntad propia desarrollada, digámoslo así, y es por consiguien­te, criatura en manos de las circunstancias. Su karma hace que se vea en medio de circunstan­cias especiales cuya acción sobre él constituye el factor más importante de su vida, de tal modo que su futuro curso es previsible con una certi­dumbre casi matemática. Cuando consideramos el caudal de conoci­mientos sobre los cuales la acción del hombre tiene apenas una diminuta influencia, y  también los efectos, ha de parecernos un poco espantoso que en el plano donde se hace visible el resulta­do de todas las causas actualmente en juego, se pueda predecir una extensa parte del futuro, incluyendo sus pormenores. De que tal cosa sea factible tenemos un sin número de pruebas, no solamente a través de los sueños proféticos como por la segunda-vista de los habitantes del norte de Escocia y por las tradiciones de los clarividentes; en que se basa todo el esquema de la astrología. Pero cuando pasamos a tratar con un hombre desarrollado, un hombre dotado de conocimien­to y voluntad, entonces nos falla la profecía, porque ya no es él una criatura en manos de las circunstancias sino el señor de casi todas ellas. En verdad, los acontecimientos principales de su vida se disponen de antemano por su karma pasado. Con todo, la manera por la cual él deja que le influencien y su método de comportamiento de cara a los mismos es su posible triunfo; eso no depende de él y no puede ser objeto de previsión excepto como probabilida­des. Sus actos en este sentido, por su turno se convierten en causas, generándose cadenas de efectos que escapan al ordenador original, y por vía de la consecuencia, a la exactitud del pronóstico. Encontramos una analogía en una simple ex­periencia mecánica. Si fuera empleada cierta cantidad de fuerza para empujar una pelota, nos será imposible anular o disminuir la fuerza a partir del momento en que la pelota entra en movimiento; pero podremos neutralizar o modifi­car el impulso mediante la aplicación de una nueva fuerza en sentido diferente. Una fuerza rigurosamente igual en dirección opuesta inmovilizará la pelota. Una fuerza menor, reducirá la velocidad; y cualquier fuerza de otro lado tendrá el efecto de alterar, tanto la velocidad como la dirección. Este es el “modus operandi” del destino. Es obvio que en un momento dado están en juego una serie de causas. No habiendo interferencia serán inevitables ciertos resultados, resultados que en los planos ya elevados parecen ya pre­sentes, pudiendo ser trazados con exactitud. Pero también es obvio que un hombre con volun­tad fuerte podrá, recurriendo al empleo de fuer­zas nuevas, variar estos resultados; y tales modificaciones no podrían normalmente ser previstas por un clarividente a menos que nuevas fuerzas hubiesen entrado después en acción.

ALGUNOS EJEMPLOS

Dos incidentes que llegaron recientemente al conocimiento de este autor representan exce­lentes ilustraciones de la posibilidad de previ­sión y de su modificación por efecto de una firme voluntad. Un caballero que poseía el don de la escritura automática recibió cierta vez por este medio, una comunicación que se decía procedente de una dama con la que él mantenía relaciones superfi­ciales. En la carta se mostraba ella muy contraria­da y en estado de profunda indignación: tenien­do preparada una conferencia que iba a dar, no había nadie en el salón a la hora concertada. Sintiose por esto frustrada en la presentación de su discurso. Encontrándose con la dama días después, y suponiendo que la carta se refería a un aconte­cimiento pasado, le expresó él su pesar por su frustración. Con gran sorpresa respondió ella que era todo muy extraño, puesto que aún no estaba lista la conferencia, siendo su intención pronunciarla la próxima semana. Añadió que esperaba que la comunicación no significase una profecía. Pero por el contrario, lo que quedó probado es que se trataba realmente de una profecía: nadie estuvo presente en el salón, la conferencia no se realizó y la interesada se manifestó contrariadí­sima y afligida, tal como había vaticinado la escritura automática. ¿Que especie de entidad inspiró la comunicación? No se sabe; pero seguro que fue una que se situó en un plano donde la previsión era posible; y bien podría haber sido realmente como se mencionó, el propio ego de la conferencista, ansioso por mitigarle la frustración que previó tendría la mente en el plano inferior. Si lo fue nos preguntaremos, ¿por qué no la influenció directamente?; es admisible que estu­viese del todo imposibilitado de hacerlo, y que la mediumnidad del amigo fuese el canal único del que disponía para transmitir el aviso. Aunque el método es indirecto, conocen los estudiantes de estos asuntos numerosos ejemplos de comunicaciones idénticas en que fue imposible recurrir a otros medios. En otra ocasión el mismo caballero recibió por el mismo proceso lo que parecía ser otra carta de otra amiga femenina, relatándole la larga y triste historia de su vida. Se mostraba ella en estado de gran aflicción y decía que toda la dificultad se originó en una versación, cuyos pormenores expuso, con cierta persona que la persuadió contra sus propios sentimientos, a adoptar un determinado comportamiento. Y pasó a describir como poco más o menos después de un año tuvieron inicio una serie de acontecimientos directamente atribuibles a ese comportamiento, y que culminaron en la práctica de un crimen hediondo, arruinándole la vida para siempre. Como en el caso precedente, inmediatamente que nuestro caballero se encontró con la su­puesta autora de la carta, se refirió al contenido de esta. Nada sabía ella a tal respecto; y sin embargo, de la fuerte impresión que le causaron las singularidades de la historia, convinieron los dos en no prestarle ningún significado. Pasado algún tiempo, y para gran sorpresa de la joven, la conversación aludida en la carta vino a realizarse, siendo instada a asumir un compor­tamiento cuyo trágico destino le hubiera sido pronosticado. Por cierto que ella hubiera acep­tado, insegura de su propio discernimiento, si no fuera porque recordó la profecía; y fue este recuerdo lo que le dio fuerza para resistir con la mayor de las determinaciones, aunque tal actitud acusase extrañeza y decepción a su interlocutor. Como no fue seguido el comportamiento indicado en la carta, el tiempo de la catástrofe vaticinado llegó y pasó sin ningún incidente fuera de lo normal. Así podría haber ocurrido cualquiera que fuese el caso. Entretanto, si recordamos que la otra predicción se cumplió exactamente, tendremos que admitir que la advertencia transmitida por la carta probablemente impidió la práctica del cri­men. Si esto es verdad, ahí tenemos un buen ejemplo de cómo podemos modificar nuestro futuro mediante el ejercicio de una voluntad firme.

EL PENSAMIENTO SIMBOLICO

Otro punto digno de atención con referencia a la condición del ego cuando está ausente del cuerpo durante el sueño, es que él parece pensar por medio de símbolos. Queremos decir: lo que en nuestro plano sería una idea cuya expresión exigiría gran número de palabras, para el ego es perfectamente transmisible apenas a través de una imagen simbólica. Ahora, cuando un pensa­miento como ese viene a imprimirse en el cere­bro, y es recordado en la conciencia de la vigilia, sin duda es que necesita una traducción. Mu­chas veces la mente ejecuta esta función; pero en otras el símbolo no viene acompañado de su llave, permaneciendo por así decirlo sin traduc­ción; y entonces surge la confusión. Muchas personas, sin embargo, traen de este modo los símbolos e intentan aquí darles inter­pretación. En casos así cada persona tiene su propio sistema de simbología. La señora Crowe, en un párrafo de su libro “Night side of nature”, escribe: “sé de una señora que sueña con tener un gran pez siempre que está cercana a sufrir un infortunio. Soñó una noche que el pez había mordido dos dedos de su hijo. Inmediatamente después un colega del niño le produjo una herida en los mismos dedos con una pequeña hacha. Encontré varias personas que aprendieron por experiencia a considerar determinado tipo de sueño como una premonición segura de un acontecimiento infausto”. Sin embargo, existen muchos puntos en que están de acuerdo muchos de estos soñadores; por ejemplo, el de que soñar con aguas profundas significa un disgusto que va a venir, y que soñar con perlas es señal de lágrimas.

LOS FACTORES DE LOS SUEÑOS

Examinada así la condición del hombre duran­te el sueño, vemos cuales son los factores capa­ces de influir en la producción de sueños:

El ego, que puede encontrarse en estado de conciencia, desde la insensibilidad casi com­pleta, hasta el dominio total de sus facultades, y que al aproximarse a esta última condición va entrando cada vez más en la posesión de ciertos poderes, los cuales trascienden los que gene­ralmente poseemos en estado normal de vigilia.

El cuerpo astral, siempre agitado por turbulen­tas ondas de emoción y deseo.

La parte etérica del cerebro, por la cual pasa una incesante colección de cuadros entre sí.

El cerebro físico inferior, con su semicon­ciencia inferior y su costumbre de expresar todos los estímulos en forma pictórica.

Al dormirnos, nuestro ego se recoge más en sí mismo y deja que sus cuerpos más libres sigan su propio camino; debe recordarse, sin embargo, que la conciencia de estos vehículos, separada cuando les es dado mostrarla, es de carácter muy rudimentario. Si añadimos que cada uno de aquellos factores es entonces infinitamente más susceptible a las impresiones exteriores que en otros momentos, veremos que no hay muchas razones para extrañarnos de que la memoria de la vigilia (una especie de síntesis de todas las diferentes actividades que se verifican) sea casi siempre confusa. Vamos ahora, con tales pensamientos en nuestra mente, a ver cómo los diferentes tipos de sueños habituales deben ser expuestos.

La conciencia (consciente-inconsciente)

Arjuna

Y ahora que ya sé todas estas cosas, ¿qué tengo que hacer para curarme?» Nuestra respuesta es siempre la misma: «¡Abrir los ojos!»

Si nuestro espíritu esta perturbado, las funciones naturales de nuestro cuerpo están en general desequilibradas. Si el espíritu está tranquilo, el cuerpo puede actuar espontáneamente; esta acción se vuelve entonces libre y fácil. Si se utiliza constantemente el mental, el cuerpo se encuentra trabado en su acción. No debemos pensar únicamente con nuestra conciencia. Corregir el mental es muy difícil. No es sólo el cerebro el que piensa. Esta es la razón por la que a menudo repito: “Durante zazen, se debe pensar y vivir con todo el cuerpo.”

Cuando nuestro cuerpo y nuestro cerebro son dirigidos por el ego, no pueden ser más que un circuito cerrado, Durante zazen pueden abrirse a la vida inconsciente y universal.

En el Hannya Shingyo se explica:

1.   Shiki   soku    ze    ku:   los fenómenos engendran ku, el vació.

2.   Ku    soku   ze   shiki:   ku engendra los fenómenos.

Esto significa que todos los fenómenos son idénticos, que el mundo fenomenal y el mundo invisible de ku se interpenetran y son intercambiables.

¿Cómo vivir la relación entre estos dos mundos?

A esto es a lo que quiere responder el Zen abriendo nuestra conciencia a esta dimensión. Esta es la respuesta al problema central de nuestra civilización.

La vida auténtica es conciencia interdependiente (conciencia del universo) más conciencia dependiente (o conciencia del ego).

Aquellos que tienen un ego demasiado fuerte no pueden recibir esta conciencia universal. Para obtener el satori hay que abandonar el ego. Para recibirlo todo hay que saber abrir las manos y dar. Esta conciencia universal es el origen de la intuición. La intuición no viene solamente del consciente, o del sistema nervioso voluntario, sino sobre todo del sistema vegetativo y del conjunto de células nerviosas del cuerpo, relacionadas con el cuerpo interno, el cual solamente actúa durante el zazen.

Los monjes Zen, por un largo ejercicio y entrenamiento a la práctica del zen, adquieren una profunda intuición y una gran sabiduría antes de llegar a ser Maestros, a su vez. Siguiendo la enseñanza de su Maestro, por  zazen, inconscientemente, obtienen la vida universal llamada satori. Antes de tener esta comprensión total de ellos mismo, se han impregnado de la conciencia ku.